La tétrada de principios de la bioética es un intento de alcanzar una regla de oro de aceptación universal. El disenso explicitado en torno al juramento hipocrático en la segunda mitad del siglo XX no podía dejar las decisiones éticas de la medicina únicamente al socaire de opiniones personales o de las circunstancias culturales. Es cierto que las culturas ejercen una enorme influencia en los códigos morales, pero aceptar que absolutamente todos los valores morales están en función de las características culturales supone anular la capacidad de crítica intercultural e incluso intracultural. Cuando la vara de medir la moralidad sólo la tiene la propia cultura se cierran las puertas al progreso moral. Cuando un régimen político fundamentalista dictamina la segregación social de las mujeres de acuerdo con la tradición de la mayoría de la población, según la teoría ética del relativismo cultural, la actitud de Occidente debería ser la de limitarse a constatar esta peculiaridad. En el fondo la sociología pasa a ocupar el lugar de la ética.
Llegados a este punto nos encontraríamos con que algo tan esencial para el juicio moral en bioética como es la dignidad y los derechos humanos fundamentales pasarían a ser el resultado de un acuerdo según la teoría del Contrato Social. Esta doctrina filosófica defiende el pacto social como una necesidad para la coexistencia pacífica de los hombres. En el ámbito político esto puede funcionar, pero el problema viene cuando el pacto social se convierte en la única fuente de moralidad. Una crítica demoledora al Contrato Social podría llegarle precisamente desde la medicina al recordar que no queda garantizado que en la negociación del acuerdo estén presentes todos los afectados, llevándose la peor parte del contrato los más débiles (niños, enfermos, ancianos, incapacitados, incultos, etc.), que son precisamente los más necesitados de protección y los que no suelen acudir a la mesa de negociación. Un buen ejemplo lo tenemos en Atención Primaria cuando comprobamos la facilidad con que nos deslizamos hacia los cuidados inversos, prestando más atención a quienes más demandan, que no siempre son los que más lo necesitan.



